Black Rebel Motorcycle Club @ La Riviera (10/Noviembre/2010)

El pasado miércoles 10 de Noviembre, pasadas las siete de la tarde, una discreta cola se reunía a las puertas de la madrileña sala La Riviera. El reducido número de personas allí congregadas no parecía anticipar lo que se iba a presenciar aquella noche: más de dos horas de rock con mayúsculas, oscuro, ruidoso, sexy, de la mano de Black Rebel Motorcycle Club. Sería la primera de las dos actuaciones que recientemente les han traído a nuestro país presentando su último trabajo, Beat The Devil’s Tattoo, y que tuvimos el placer de presenciar. Los locales Lüger fueron los encargados de acompañar a los californianos en sus andanzas españolas. Ofrecieron un set intenso y bien resuelto, que se antojó breve, si bien es cierto que las puertas del recinto se abrieron con algo de retraso. Se habría agradecido un poco más de interacción con el público, pero se suplió con grandes dosis de psicodelia, del lado más noise y krautrockero, de percusiones enérgicas y guitarras cíclicas y caóticas.

Ya con la sala prácticamente llena, la canción que apaga las luces es “Be My Baby”, de The Ronettes. Un homenaje muy apropiado de una banda que, a lo largo del concierto, demostró que es experta, precisamente, en esto de construir muros de sonido. Poco después, Robert Levon Been, Peter Hayes y Leah Shapiro saltan al escenario. Allí, su presencia es, como el nombre que los reúne, exótica y oscura. Una máquina visceral, eléctrica, de forma simétrica y triangular, con dos cabezas visibles y aparentemente independientes pero bien sincronizadas, gracias también al saber hacer de la ex–The Raveonettes, que aporta un toque femenino –y no por ello menos duro– que encaja en un conjunto tan marcadamente masculino.


Arrancan con “War Machine”, quizás uno de los cortes más exóticos de su último disco, pero que sonó eléctrica, oscura, lenta y peligrosa, y cumplió a la perfección con su cometido. Le seguirían “Mama Taught Me Better” y “Red Eyes And Tears”, con las que ya dejaban ver que no pensaban dar respiro ni ofrecer tregua. El primer tramo del concierto lo llenaron canciones como “Bad Blood”, “Long Way Down”, “Ain’t No Easy Way”, la maravillosa “Aya”, “Berlin”, “Weapon of Choice” o “Whatever Hapened To My Rock ‘N’ Roll” –estas tres últimas muy aclamadas por el público.

Pasada la primera hora abandonaron el escenario para regresar poco después con un set acústico, en el que hay que destacar la gran versión de “Mercy”, de las sesiones de Howl, que interpretó Robert Been en respuesta a las demandas de parte de los asistentes. Siguió una hipnótica “Half State”, una de esas canciones que te hace perder la noción del tiempo, la coreable “Conscience Killer”, “Six Barrel Shotgun”, o “Spread Your Love”, recibida como uno de sus mayores himnos, que cerró el set principal como una apisonadora. El bis consistió en una muy extendida versión de “Shadow’s Keeper”, de Beat The Devil’s Tattoo, que enlazaron muy acertadamente con “Open Invitation”, hidden track de tonos gospel que cierra su disco Howl. Sin duda fue otro de los puntos álgidos de la actuación, una conclusión perfecta de más de un cuarto de hora en la que mezclaron su rock más reverberante, intenso y derivativo con un final melancólico y sobrio.

Si bien los californianos nos dejaron más que satisfechos, no todo fue perfecto. El sonido, sin ser desastroso, no fue tan bueno como podría, algo en parte entendible si tenemos en cuenta las características del recinto. Un exceso de eco y feedback motivó que en ciertas ocasiones y, según las zonas, se hiciera bastante difícil distinguir con claridad los instrumentos, y a veces se echaba de menos un poco más de volumen en la voz. El juego de luces, por otra parte, era sencillo, alternando entre tenebroso e intencionadamente cegador, pues por momentos se alcanzaron intensidades verdaderamente apabullantes de luz, que acompañaban perfectamente a sus canciones más eléctricas. El público quizás estuvo demasiado estático en general, aunque en ningún momento frío. La actitud de la banda fue sobria como les es característico, pero cercana y humilde. Incluso después de la actuación Robert regresó con la acústica y se marcó unos cuantos temas con la gente que allí quedaba.

Sobre el escenario, los rebeldes demostraron, a pesar de los problemas puntuales de acústica, que siguen siendo un grupo a tener muy en cuenta, con amplios recursos musicales y, sobre todo, con un repertorio sencillamente asombroso, pues a pesar de las dos horas que ofrecieron se dejaron en el tintero temas que cualquier banda que se precie desearía firmar como propios.

[Daniel Martínez]


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